Los perros de la ciudad

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Texto: Efraín Medina Hernández

Hace mucho tiempo que no visito la sorprendente y grata ciudad de Estambul donde tengo amigos entrañables. Con algunos me hablo prácticamente a diario por la cariñosa relación que ya, después de varios años y visitas de ida y vuelta hemos labrado, y que ahora se han intensificado por la horrorosa pandemia que nos está tocando vivir.

En uno de mis últimos viajes a la ciudad que une dos continentes, me fijé muy detenidamente en los “perros de la Ciudad”
Me cuentó mi amigo Osman, que tiene un restaurante por la zona de Sultanahmet, (Aunque ahora lo está pasando francamente mal por la falta de turismo), que los perros son parte vital de la vida de la ciudad, que sin ellos, Estambul no se podría llamar “ el cuerno de oro”. Una ciudad con más de 15 millones de habitantes tiene alrededor de ciento cincuenta mil perros censados que viven en libertad y en total Armonía con los estambuliotas que habitan esta singular metrópoli y que en estos tiempos de pandemia los han protegido mas aún si cabe.

La ultima vez que estuve, los observé con detenimiento. Ser “observador de ciudad” es una cualidad que creo tener. Los perros de Estambul son altivos y tan inteligentes que respetan los semáforos, pasos de peatones, saben perfectamente cual es su lugar, jamas molestan a las personas que pueden estar tranquilamente descansando en alguna terraza, o comiendo. Nunca un perro se te acercará a intentar pedirte un bocado. (no lo necesitan).

Y porque sucede esto? Porque los dueños de los restaurantes y vecinos de todas las zonas “ los toman como algo de ellos” y se encargan de alimentarlos, vigilarlos, asearlos, llevarlos al veterinario si lo necesitan, aunque ellos son libres y están en la calle. El Ayuntamiento de la Ciudad de Estambul y el propio gobierno del país se encargan de registrarlos, vacunarlos, esterilizarlos y geolocalizarlos invirtiendo millones de euros para tal fin. Ahora, en la pandemia, han tenido una atención especial en la alimentación y cuidados.

Osman me siguió contando que no siempre fue así, y que a principios del siglo pasado, un sultán mandó a deportar y confinar a todos los perros a una isla cercana a Estambul y localizada en el mar de Mármara. Fueron tales las protestas, que el Gobernador de la Ciudad tuvo que reponerlos en el paisaje urbano después de que los alimentase en la isla para no dar mala imagen. En esa deportación forzosa murieron miles de perros. Supongo que ya el sultán había sido destronado. La historia es muy interesante.

Para los habitantes de Estambul, maltratar a un perro es una auténtica atrocidad. Jamás nadie lo hace y a los visitantes de otros países musulmanes donde consideran al perro un animal impuro, les advierten que no pueden increpar a un can en la Ciudad porque, incluso, podrían terminar en comisaría.

Osman me cuenta que una vez llegaron a su restaurante unos turistas de Qatar, y cuando uno de ellos le pidió que quitara de su vista a un perro que estaba descansando en la calle, Osman le contestó que mejor se fueran ellos del alcance de sus ojos. Se trataba de “ Liza” una perra que estaba siendo tratada de algunos tumores. Los millonarios de ese pequeño país árabe abandonaron el restaurante absolutamente impávidos. – se tuvieron que ir- me cuenta Osman muy orgulloso.

En los inviernos (en Estambul suelen haber olas de frío intensas) las personas y empresarios se encargan de darles cobijo, proporcionarles mantas, ofrecerles comida caliente. Existen fotos en internet ( sobre todo sacadas por turistas) donde se ven los perros durmiendo dentro de los escaparates y enroscados a los pies de los maniquíes porque han abierto centros comerciales y locales de ropa multimarcas para protegerlos del frío.

Han puesto en funcionamiento máquinas que cuando reciclan plástico, salen inmediatamente raciones de comida para perros y gatos. El gobierno las está impulsando ahora mas que nunca.

Vi en este viaje a un perro que se subió en la estación de Aksaray y se bajó en Gülhane, adentrándose en el parque que tiene el mismo nombre de esta parada. No daba crédito a lo que estaba observando . La gente normalizaba esta situación totalmente. Cuando se lo conté a Murat (un empleado de Osman) me contestó que seguramente había ido al parque a “ enamorar” y lanzó una carcajada. Después me contó que lo hacían frecuentemente y que se veía normal.

Murat me señaló a una perra que estaba en el pasaje de los restaurantes y me dijo que le encantaba acompañar a los turistas (sobre todo japoneses) a las excursiones por la zona y que al final del recorrido, el guía le daba galletas.
Si esto sucede en una ciudad de más de quince millones de habitantes, en pequeñas ciudades podría ser una experiencia de convivencia y respeto total.

Pues si esto es con los perros, imagínense con los gatos que son los auténticos “Reyes y reinas” de la Ciudad desde épocas otomanas y bizantinas viviendo mimados entre harenes y palacios. Quizá otro día hablaremos de los gatos porque son un “capítulo aparte” en Estambul. Y por circunstancias de la vida, por esta horrorosa pandemia, en nuestro país, tener una mascota, significaba poder salir a la calle a despejarnos. Un animal de compañía significó para mucha gente, una autentica medicina, una mitigación de la soledad y un respiro vital.

Osman y Murat me mandan fotos de “Los perros de la ciudad”, para que yo compruebe que están en buen estado, a pesar del horrible confinamiento en una ciudad que ya pasa los quince millones de habitantes.


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