“Le queda un año de vida”

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Fue en un mes de abril cuando le detectaron una enfermedad que a todas luces era incurable. Quería saber toda la verdad y la verdad llegó como algo inesperado, como un estampido que te revienta en la misma cara, como un trueno ensordecedor.

“Como mucho le queda un año de vida, su enfermedad no tiene cura”. Sentenciaron

Salió del hospital y caminó sin una dirección establecida. Sus pies se movían sin control hasta que se detuvo frente a la iglesia que está en la Finca España y allí se sentó en un banco de la plaza que hacía algunas semanas habían colocado.

Un sinfín de preguntas le surgieron, pero sobre todo lo más acuciante ni siquiera fue hacerse una pregunta sino pensar en una planificación: ¿qué haré en este año que me queda de vida? Y empezó a proyectar.

Lo primero que se le ocurrió fue que debía conocer mucho mejor la isla de sus padres, La Gomera y así lo hizo.

Pidió una semana en su trabajo de funcionario y marchó hasta el pueblo de Igualero, un caserío gomero de donde se ha ido mucha gente pero en donde aún quedan las loceras y a donde la gente ahora está volviendo. Olió la tierra mojada y las plantas de hierbabuena; daba paseos desde Igualero a Chipude sabiendo que apenas le quedaba “‘un año de vida” y se detenía a observar cómo trabajaban las alfareras del Cercado. Observaba las puestas de sol desde la fortaleza de Chipude y regresaba a Igualero. Él no pensaba en la espada de Damocles que tenía en su cuello. Cuando ya pensó que había transcurrido demasiado tiempo, dejó la Gomera y regresó a la isla del Teide.

Ya en Tenerife regresó al hospital donde le repitieron todas las pruebas y el diagnóstico no tuvo variación alguna, “más o menos un año de vida”.

Siempre quiso conocer Roma porque de niño le fascinaban las películas de Sofía Loren, como “Dos mujeres”, “Matrimonio a la Italiana” o “Ayer, hoy y mañana”. Una vez estuvo a punto de ir a un partido de fútbol entre el Real Madrid y el Lazio pero al final todo se truncó porque su madre sufrió una subida de tensión y tuvo que ser hospitalizada.

 

Se fue a Roma.

En la “Ciudad eterna’ caminó por la Plaza de España y bajó las escaleras por las que han caminado tantas personas a quienes, como a él, les quedaba un año de vida, con la diferencia que él sí lo sabía.

Se sentó en una tratoría a ver pasar a la gente e intentar adivinar cuánto les podía quedar de vida: “A esta señora como diez años, a esta joven le quedarán unos setenta años, este señor que come en la mesa contigua seguramente le quedarán unos cinco años, el joven que corre por la vía le quedarán ochenta porque la esperanza de vida va en aumento”. A mí me queda uno.

Visitó el Coliseum y se imaginó siendo la reencarnación de alguien que luchó en la época del Imperio Romano, y que, seguramente, no tuvo la suerte que podía tener él. Los luchadores de la arena del Coliseum Romano podían morir en una sola tarde sentenciados por un emperador o una turba sedienta de sangre. Se sintió afortunado.

Volvió a la isla. Y regresó al Barrio de Salamanca donde vivió toda la vida. Pasó frente a los Cines Price que murieron de repente pero que han vuelto a resucitar y que serán eternos. En el bar de la esquina se tomó un cortado, estaba la misma gente sentada en las mismas butacas de la barra, tomando lo de todos los días, como si se tratase de una función teatral que se repite tarde a tarde. El simplemente miró a todos los parroquianos e intentó adivinar cuánto tiempo les quedaría de vida.

Calculó, y vio que ya solamente le quedaban (según el diagnóstico) seis meses más o menos.

Y empezó a leer desaforadamente todos los libros que no había podido disfrutar, y así estuvo tres meses más: regalándose a la lectura y al placer de escuchar todas esas óperas tan conocidas.

Su vida se circunscribió en comprar lo necesario en una tienda del barrio, hacer la comida y leer, leer y leer hasta que llegó la Navidad con los motivos decorativos en las tiendas de toda la vida.

Pensó que en el tiempo de Navidad -y con la despedida de este mundo a punto de llegar- se reconciliaría con la poca familia que tenía. Y así lo hizo. Se presentó en casa de su hermana, a la que no veía desde hacía unos años. Llegó el perdón y estableció un vínculo estrecho con sus tres sobrinas, su cuñado y con ella, su única hermana.

Jamás les dijo que le quedaban meses de vida. Jamás lo contó.

Tomó la decisión personal de no volver a revisión y dejó de contestar las llamadas del hospital. ¡Total, ya solo le quedaban dos meses!, según la cuenta y el diagnóstico que le habían revelado a media voz.

Y pasó el año. Cuando despertaba y abría los ojos palpaba su cuerpo convenciéndose de que aún disfrutaba de la vida. Se vestía con un chándal, desayunaba y caminaba desde el Barrio de Salamanca hasta la Plaza España para, más tarde, subir en tranvía. La cuenta ya la tenía cumplida y cada minuto de más era un tiempo de gracia.

Volvió al hospital porque ya pasaban cuatro meses de la fecha prevista para iniciar ese viaje al infinito. Los médicos se reunieron en una sala ovalada y no daban crédito a lo que estaban observando. No había rastro de aquel diagnóstico, había una regeneración total en aquel cuerpo de 42 años…

“Tenemos que decirle que no hay rastro de su enfermedad, seguiremos observando y pedimos su autorización para poder investigar…” Él los miró y se marchó. Trazó sus pasos hacia la parada del tranvía que lo condujo hasta el Puente Zurita. Cuando pasó frente al Cine Price observó una aglomeración de gente en sus puertas: volvía a abrir nuevamente. Pensó que le estaba sucediendo justamente lo mismo que a él. “Al Price lo dieron por muerto y resucitó”, pensó.

Al siguiente día volvió a La Gomera. Esta vez con su hermana y una de sus sobrinas. También regresó a Italia, ¡a Florencia! Y en una heladería pidió un helado de limón sabiendo que le quedaba ¡mucho más que un año de vida!

Durante su nuevo viaje nunca dejó de sonreír


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