Marcos Fariña, el padrino de San Agustín de Las Madres

en ARAFO el .

(Tere Coello, agosto 2017). El barranco de Añavingo se encuentra en el municipio de Arafo. Llegamos hasta él desde el casco del pueblo, en una ruta de aproximadamente dos horas de duración, a través de la calle la Libertad y hasta la zona conocida como la Canal Alta. El trayecto en coche se puede realizar hasta donde empieza la pista de tierra. A partir de aquí todo es caminar por el sendero, barranco arriba.

Este lugar es un auténtico regalo de la naturaleza, en el que, andando por un sendero bastante transitable, podemos dejarnos envolver por el aroma a frescura y por el trinar de los pájaros, mientras que nuestra vista es cautivada por la belleza de las mariposas y de la vegetación que adorna el paraje, incluso ladera arriba por ese casi kilómetro de altura que alcanzan a medir las paredes del barranco, en algunos tramos.

Granados, pinos, tajinastes, jaras, brezos, castañeros, ciruelos, guinderos e higueras embriagan nuestro sentido, acariciado por el arrullo del agua que baja hacia el pueblo.

En el barranco de Añavingo nacieron las fuentes de agua que abastecieron a los habitantes de Arafo, entre grandes paredes de piedra y roca que se alzan hasta el cielo, empequeñeciéndonos ante la grandeza que ve nuestros ojos y presiente nuestra alma, cuanto más nos acercamos a la morada de la Imagen de San Agustín de Las Madres, cuidada y protegida, con auténtico celo, por su padrino, Marcos Fariña.

Marcos Fariña tiene 88 años de edad y conoce el barranco de Añavingo como la palma de su mano puesto que lo recorre a diario, desde hace más de cuarenta años. “Soy el presidente de la Comunidad de Regantes del barranco de Añavingo desde hace más de treinta años”, nos dice. “No sólo he vivido la Bajada de San Agustín de la década de los 70 sino incluso alguna bastante anterior”, subraya, matizando que “en aquella época era muchísima la gente que acompañaba al Santo. Aquí mismo (ya en la zona asfaltada del camino y próxima a su casa) ponían un asadero de carne, allí otro… y así muchos. ¡Con sardinas y carne!”.

Marcos Fariña vuelve la mirada al pasado y recorre el barranco con su memoria, rememorando que “no tenía yo mucha edad cuando el presidente era Jerónimo Monje Marrero y decidió dejar este cargo. Entonces me nombró a mi presidente de la Comunidad”.

Volviendo hacia la historia recordamos que hace años, más bien siglos, la vida se paró en el barranco cuando dejó de manar el naciente de agua más importante de Arafo.

Hacia 1745 la caída de un risco de gran tonelaje sepultó un tramo del barranco de Añavingo, impidiendo el discurrir del agua y con ello perjudicando gravemente a la población del lugar. Los vecinos trabajaron sin tregua durante largo tiempo para recuperar el cauce del agua, sin conseguirlo. Durante seis años se vivieron las consecuencias de la sequía. Los vecinos debían desplazarse a Güímar para proveerse del imprescindible líquido.

Después de realizar el novenario que mandaban las leyes eclesiásticas -por el que debían pagar y faltándoles aún un real y medio de plata para completar el pago-, los vecinos de Arafo, con el encargado de cuidar la imagen, Juan Hernández Santiago, acompañados del capellán de la ermita, don Pedro de Castro, procesionaron con el cuadro de Imagen hasta el naciente del Barranco de Añavingo. Entre plegarias y cantos lo dejaron en una cueva, con una vela encendida. Esa tarde noche llovió. Cayó una gran tormenta y el agua volvió a manar, removiendo los obstáculos que impedían su paso y que no habían sido posible quitar con el trabajo ni la fuerza humana. El primero en ver nuevamente el refrescante caudal fue el cuidador de la Imagen quien, además -y al día siguiente de la tormenta-, cerca de la ermita encontró el real y medio que faltaba para el pago del novenario.